Caicara precolombina

Jesùs Guevara Febres*

*Cronista del Muncipio Cedeño del Estado Monagas. Patrimonio Cultural Viviente del estado Monagas Premio Nacional de Historia 2022.


 

Foto Julio Alexande

l río Guarapiche, otrora impetuoso y cerril, ya calmado de su bajar en vértigo desesperado por los toboganes de piedra, desde Monte Bonito en las turgencias del Turimiquire, donde brotan sus primeras aguas y desde donde vino hacia abajo en carrera sin frenos, tragándose las aguas que encontró en el camino. Ahora en la planicie de descanso, saciada ya su sed en gula de avaricia con las aguas de los ríos Colorado, Capiricual, Guatatar, Río de Oro y decenas de quebradas que harían ampulosa la lista, vigoroso y juvenil, aunque miles de años tenga tragando aguas y escupiendo gritos con espumas en vértigos de apuro, se desparrama por todo el valle que la naturaleza le presenta como cama tendida para su reposo.

Ambas riberas del río en toda la extensión del valle, que atraviesa en amores de viajero, están cubiertas en tupidas marañas de palo a pique de caicarales, que cuando están espigados en veradas de nubes parece que el cielo estuviera desgajando nieve. Caicara es el nombre cumanagoto conque los indígenas nombraban esa planta gramínea de tallo flexible, erecto y largo de tres a cuatro metros de altura que ahora nosotros llamamos lata o caña brava.

Ese caicaral ribereño y de alegre tremolar y los montes vecinos que los indígenas de entonces llamaron Caicara, daban vivienda y refugio a la variada fauna de la región: chigüires, venados, dantas, pumas, tigres, lapas, picures y otros animales de más interés ecológico que de cacerías, junto con la pesca pródiga en morocotos, rayados, bocachicos y guaraguaras, servían de sostén alimenticio a las poblaciones asentadas en todo el valle de las etnias chaimas, parias y algunos cumanagotos desplazados de la costa, luego vendrían los caribes kariñas, desplazados también por la persecución en cacería de los corsarios europeos para vendimia esclavizante.

Dispersos en familias étnicas debieron vivir a lo largo del río, en verano en los bajos, en inverno en la sabana. De Canaguaima a Merecure, de Las Juasjuas a las bocas de Rio de Oro, que seguramente tendría un nombre más indígena. Maremare, El Herrero, Morichal, Bajo Grande y La Laguna.

El Herrero es un riachuelo que también le da el nombre a su entorno geográfico. El río será milenario, pero su nombre es nuevo y del vocerío español. Un hecho muy simple lo corrobora, nuestros indígenas de aquí y de allá, a la llegada de Colón y demás conquistadores, vivían en la edad de piedra, no conocían el hierro, mucho menos a quienes lo forjaban.

Tampoco conocían la rueda. Sus flechas y demás armas eran de piedra y sus utensilios de barro cocido y tejidos de fibras vegetales. Las casas eran simples enramadas comunitarias sin paredes, suficientes en su estructura, hechas para atajar el sol y la lluvia y colgar los chinchorros, con un fogón en el suelo y en el centro para multiplicados usos: hacerse la comida del diario sostén; calentarse en las noches de lluvia y frío, alejar zancudos y otros indeseables visitantes y para darle colorido y claridad a las tertulias de la noche.

La llegada de Colón a lo que luego se llamaría América, es un hecho que dimos en llamar “el descubrimiento”, porque los europeos “descubrieron” que existía otro mundo habitado y los indios, como los llamó Colón, “descubrieron” que había otro mundo más allá del mar, habitado por hombres más blancos que su piel.

Con la posterior invasión de los europeos a la América india, se pudo establecer que lo que hoy es Venezuela no tenía una cultura de avanzada, como Méjico, Centro América y Perú, con los aztecas, los mayas y los incas, cuyas ruinas arquitectónicas, hoy en día son objeto de peregrinaciones turísticas y arqueológicas por su magnificencia. Si Venezuela tenía una cultura indígena rezagada con respecto a los demás países de América, así mismo era el oriente venezolano en su cultura con respecto a Venezuela, lo dicen los caracas, los teques, los timotes, los cuicas, los jirajara y demás etnias del centro al occidente, quienes desarrollaron una infraestructura agrícola, artesanal y urbanística, que les permitía vivir en sedentaria situación.

Los chaimas caicareños y las demás etnias de la región, vivían de la caza y la pesca, cambiando de asiento con el invierno y el verano, casi desnudos y durmiendo en chozas de poca durabilidad por su condición nómada de subsistencia. Solo las mujeres acostumbraban sembrar, auyama, maíz, yuca y otras cosas en cada asiento donde pasaban una y otra estación.

Pero siempre habría tiempo en ese ocio de casi permanencia entera para las cuestiones culturales, religiosas, de recreación y mortuorias. Adoraban unos dioses más tangibles y percibibles que el nuestro, el sol, la lluvia, el trueno, la luna, que podían ver, oír o sentir sin ningún dogma que los obligara. Sus muertos eran cremados en lento proceso, deducible porque las etnias venezolanas que no han sido devoradas por la transculturización todavía lo hacen. Puestos en una tarima elevada con un fogón debajo los cadáveres se secaban y tostaban, luego los molían y amasaban con masa de yuca o de maíz y en un rito mortuorio se los comían. En nuestro ámbito caicareño, no obstante, el atraso general de nuestros indígenas y decimos así porque no tenemos evidencias de lo contrario y por la forma nómada en que vivían en busca de los alimentos del día a día, no lo eran tanto en su cultura y así como los Wayuu en la Goajira tenían su baile de La Yonna o la Chichamaya, los Piaroas del Orinoco, el baile de El Wamire, los caribes Meregotos de los valles de Aragua el baile de La Llora y así en muchas etnias de Venezuela, con los cuales se recreaban, festejaban acontecimientos gratos, como entradas de lluvias, cosechas, cacerías, nacimiento de hijos, uniones conyugales, recibimiento de visitas, conmemorar hechos funestos que los afectaran como la muerte de algún miembro de la comunidad y otros ritos mortuorios. Ellos, los indígenas caicareños, culturalmente estaban a la par, pues, tenían su baile que llamaban “El Mono”. Ese baile de El Mono era de participación colectiva porque en comunidad vivían. ¿Quién lo dice? Lo dice la tradición, que se ha mantenido sin cambios significativos en lo fundamental por los siglos que han transcurrido. Veamos, El Maremare como elemento musical, que persiste desde entonces hasta ahora, sin duda ni discusión, los instrumentos que acompañaban el canto tristón del Maremare, serían pitos de juasjuilla, carrizo y carruzo, flautas, caracoles traídos del mar y algunos palos de percusión, junto con gritos y sonidos guturales, como todavía se hace. La pintura de tatuajes en la cara, según la motivación: celebración, dolor, preocupación, que el cine lo recrea en profusión. Esa pintura la sacaban de la fruta de una planta llamada conopia, que daba azul intenso, de otra llamada carnestolendas, que daba color anaranjado, de la tierra, que tiene matices desde blanco a casi rojo, del carbón molido y amasado con sebo. La ingesta de aguardiente a la cual los indígenas siempre han sido muy adictos y lo preparaban, fermentando maíz, yuca y frutas maduras.

Esa herencia de cultura hermosa que nos legaron nuestros antepasados, ha pasado con los años, las generaciones y los siglos hasta la vigencia que tiene hoy en día, con los añadidos dinámicos sociales de la transculturización, igual que la arepa, el cazabe, el chinchorro y el sancocho de guaraguara. Solo que el Baile de El Mono, ayer como hoy, es exclusivo del pueblo de Caicara.

Orlando Florida, 18 de noviembre de 2023.